***Personajes recurrentes:
*Sara Elcy (Foto: Sara Elcy Muriel, actriz virtual creada con IA):
*Sara Elcy (Foto: Sara Elcy Muriel, actriz virtual creada con IA):
*Mayerly (Foto: Mayerly, actriz virtual creada con IA):
*Ashley (Foto: Ashley, actriz virtual creada con IA):
*Milagros, la cliente de la lavandería (Foto: Milagros Chávez, actríz creada con IA):
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En el ambiente silencioso y acogedor de la librería, Clark recorre despacio los estantes. Sus dedos se detienen sobre la cubierta de un libro titulado “Sara Dane”, escrito por Catherine Gaskin, del cual se hiciera una famosa miniserie en la década de 1980. Al tomar el ejemplar, el peso del papel desencadena un recuerdo repentino: la imagen de Sara Elcy, una chica que lo atendió tiempo atrás y con quien compartió un momento de intensa pasión que jamás pudo olvidar. Ella le contaba sobre una miniserie australiana que veían sus abuelos y de la cual confesaba haber tomado su nombre; aunque nunca supo con certeza de qué producción se trataba, todo parecía indicar que era, precisamente, “Sara Dane”.
Clark no sospecha que Sara Elcy, ataviada con un toque llanero en su vestimenta, acaba de desembarcar en la Gran Manzana acompañada por sus amigas Mayerly y Ashley.
—Bueno, llegamos a Nueva York —dice Sara Elcy—. La ciudad que nunca duerme.
—Bueno, llegamos a Nueva York —dice Sara Elcy—. La ciudad que nunca duerme.
—No veo la hora de ver a mi tío Gilbert —comenta Ashley—. ¿Qué les parece si vamos a buscarlo?
—Más bien, yo quisiera comerme un hot dog —responde Mayerly—. Dicen que los de Gina son los mejores.
Se acercan a un concurrido puesto de perros calientes atendido por Gina, una atractiva mujer con un aire a la actriz Mikey Madison en “Anora”. Las tres disfrutan sus hot dogs bien servidos con mostaza, ketchup, chucrut y pepinillos. Junto al puesto se encuentra Emili, un hombre robusto, calvo, cincuentón y de origen catalán, reconocido por ser el cliente más fiel de Gina. Mientras comen, Ashley intenta enviar un mensaje de WhatsApp a su tío Gilbert, el tímido escritor que trabaja como agente de seguros.
—No tengo plan de datos por estar fuera del país. Tenemos que ir a un lugar con Wi-Fi para mandar el mensaje —explica Ashley.
En ese instante, Sara Elcy gira la mirada hacia la acera de enfrente y divisa un letrero.
—¿Todavía hay librerías aquí? Pensé que se habían extinguido —comenta Sara Elcy—. Quizás allá nos presten la señal. Vamos.
Tras pagar sus consumos a Gina, cruzan la calle y se dirigen al establecimiento de Julianne con la esperanza de conectarse a la red.
—No tengo plan de datos por estar fuera del país. Tenemos que ir a un lugar con Wi-Fi para mandar el mensaje —explica Ashley.
En ese instante, Sara Elcy gira la mirada hacia la acera de enfrente y divisa un letrero.
—¿Todavía hay librerías aquí? Pensé que se habían extinguido —comenta Sara Elcy—. Quizás allá nos presten la señal. Vamos.
Tras pagar sus consumos a Gina, cruzan la calle y se dirigen al establecimiento de Julianne con la esperanza de conectarse a la red.
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A los pocos minutos, la campanilla de la puerta suena y las tres chicas ingresan al local. Mayerly recorre con la mirada los pasillos hasta distinguir a su primo Yasniel tras el mostrador.
—¡Yasniel, primo, qué sorpresa encontrarte aquí! —exclama Mayerly con entusiasmo—. Veníamos a ver si nos prestaban Wi-Fi para enviar unos mensajes, ¡y resulta que trabajas aquí!
—¿Mayerly? —responde Yasniel, sorprendido—. ¿Cuándo llegaste a la ciudad?
—Hace nada. Vine con mis amigas Ashley y Sara Elcy. ¿Nos podrías compartir la contraseña del Wi-Fi?
—Sí, claro. ¿Dónde están tus amigas?
Mientras Yasniel le anota la clave, Mayerly gira para buscar a sus acompañantes y descubre a Sara Elcy con la mirada fija en Clark, congelando por un segundo el ajetreo neoyorquino a su alrededor.
—No pensé volverte a ver por aquí —comenta Clark, bajando el ejemplar de “Sara Dane” con asombro.
—El mundo es más pequeño de lo que parece, Clark —responde Sara Elcy con una sonrisa cautivadora—. Y Nueva York siempre tiene sorpresas guardadas.
—¿Mayerly? —responde Yasniel, sorprendido—. ¿Cuándo llegaste a la ciudad?
—Hace nada. Vine con mis amigas Ashley y Sara Elcy. ¿Nos podrías compartir la contraseña del Wi-Fi?
—Sí, claro. ¿Dónde están tus amigas?
Mientras Yasniel le anota la clave, Mayerly gira para buscar a sus acompañantes y descubre a Sara Elcy con la mirada fija en Clark, congelando por un segundo el ajetreo neoyorquino a su alrededor.
—No pensé volverte a ver por aquí —comenta Clark, bajando el ejemplar de “Sara Dane” con asombro.
—El mundo es más pequeño de lo que parece, Clark —responde Sara Elcy con una sonrisa cautivadora—. Y Nueva York siempre tiene sorpresas guardadas.
Mayerly se acerca al mostrador para darle un abrazo efusivo a su primo, mientras Ashley examina entretenida las novedades editoriales. Una vez que Mayerly les comparte la contraseña del Wi-Fi, las chicas avisan a sus contactos que han llegado con bien. Poco después, el tímido Gilbert hace su aparición acompañado por la despampanante Kara, saludando afectuosamente a su sobrina Ashley y al grupo.
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Mientras tanto, en la oficina del bufete de abogados, la jornada transcurre entre expedientes y pausas de café. Don Cheo, quien dedica gran parte de su labor a casos complejos de niñez y adolescencia, sostiene una amena charla con Valerie y Jerry sobre las dinámicas del amor y los choques generacionales.
—En el trabajo con adolescentes uno aprende que cada época cree haber inventado el drama —menciona Don Cheo, quitándose los lentes para limpiarlos pausadamente—. El otro día me recomendaron esa serie de Netflix, “Adolescencia”... Está bien lograda, pero les falta perspectiva.
—Bueno, Cheo, los tiempos cambian y las formas de contar las historias también —comenta Valerie desde su escritorio, ajustando unas carpetas.
—Cambian las formas, pero no la esencia —replica Don Cheo con vehemencia—. Si quieren ver historias con peso real, deberían ver “May December” o la miniserie “A Man in Full”. Eso es narrativa pura. Los años setenta fueron, sin duda alguna, la mejor década del cine. Obras maestras como “The Way We Were” o “Julia” sostenían todo en el libreto y en la verdad de los actores, no en luces ni efectos.
Jerry sonríe ante la pasión del veterano abogado.
—Hablando de despejar la mente y salir del siglo pasado, Cheo, esta noche nos vendría bien a todos salir a tomar algo —sugiere Jerry.
—Bueno, Cheo, los tiempos cambian y las formas de contar las historias también —comenta Valerie desde su escritorio, ajustando unas carpetas.
—Cambian las formas, pero no la esencia —replica Don Cheo con vehemencia—. Si quieren ver historias con peso real, deberían ver “May December” o la miniserie “A Man in Full”. Eso es narrativa pura. Los años setenta fueron, sin duda alguna, la mejor década del cine. Obras maestras como “The Way We Were” o “Julia” sostenían todo en el libreto y en la verdad de los actores, no en luces ni efectos.
Jerry sonríe ante la pasión del veterano abogado.
—Hablando de despejar la mente y salir del siglo pasado, Cheo, esta noche nos vendría bien a todos salir a tomar algo —sugiere Jerry.
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Sin dudarlo, Yasniel toma de la mano a Valerie y juntos se dirigen a la pista. La química entre ambos al bailar es inmediata. Desde una mesa lateral, Julianne los observa en silencio, apretando la copa en su mano mientras los celos empiezan a invadirla.
—¿Te vas a quedar ahí mirando toda la noche o me vas a conceder esta pieza? —pregunta Jerry, apareciendo al lado de Julianne y extendiéndole la mano.
Julianne echa una última mirada a la pareja en la pista y, decidida a no quedarse atrás, acepta la invitación.
—Vamos a la pista —asiente Julianne, poniéndose de pie para sumarse al cruce de miradas y parejas en medio de la fiesta.
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Al día siguiente, la rutina se reanuda en la lavandería del barrio, entre el vapor constante y el zumbido de las máquinas. Don Cheo espera que se lave su ropa mientras Milagros, una cliente peruana, dobla ropa recién salida de la secadora, tarareando alegremente una melodía que termina por agotar la paciencia del abogado.
—Milagros... por Dios —interrumpe Don Cheo, arrugando la frente—. ¿Eso que estás cantando es lo que creo que es?
—¡Ay, Don Cheo! Sí, es Pedrito Fernández —responde Milagros, sonriendo con desenvoltura limeña—. Y no me mire así, ¿ya? Que el hombre tiene un carisma único. Además, anoche me quedé hasta tarde viendo el estreno de la nueva narcoserie. ¡Buenaza!
—¡Madre mía! Narcoseries, actuaciones de molde... —exclama Don Cheo, alzando las manos—. Tienes ahí en la sala una lista con tres joyas del cine de los años setenta que te anoté para educar el criterio, ¡y prefieres ver eso! Es lo que siempre digo, las producciones actuales tienen a la gente anestesiada con pura fórmula.
—¡Pero Don Cheo, el cine de los setenta a veces es muy denso! —se defiende Milagros entre risas—. A mí me gusta lo directo. Mire a Valerie, ella no me deja mentir.
Valerie, que va pasando con un cesto de ropa limpia, se detiene y sonríe con serenidad.
—¡Ay, Don Cheo! Sí, es Pedrito Fernández —responde Milagros, sonriendo con desenvoltura limeña—. Y no me mire así, ¿ya? Que el hombre tiene un carisma único. Además, anoche me quedé hasta tarde viendo el estreno de la nueva narcoserie. ¡Buenaza!
—¡Madre mía! Narcoseries, actuaciones de molde... —exclama Don Cheo, alzando las manos—. Tienes ahí en la sala una lista con tres joyas del cine de los años setenta que te anoté para educar el criterio, ¡y prefieres ver eso! Es lo que siempre digo, las producciones actuales tienen a la gente anestesiada con pura fórmula.
—¡Pero Don Cheo, el cine de los setenta a veces es muy denso! —se defiende Milagros entre risas—. A mí me gusta lo directo. Mire a Valerie, ella no me deja mentir.
Valerie, que va pasando con un cesto de ropa limpia, se detiene y sonríe con serenidad.
—Déjala tranquila, Cheo —interviene Valerie—. ¿Sabes qué es lo más curioso de la ficción y de la vida? Que uno nunca debe decir “de esta agua no he de beber”. A veces pasamos años criticando un estilo, diciendo que es plano, que el acento es neutro o que es puro producto comercial... y un día, pasan los años, te sientas a verlo con calma y te termina gustando. Te encariñas con lo mismo que antes cuestionabas.
—¡Jamás! —protesta Don Cheo refunfuñando, aunque acomodándose los lentes con cierta duda implícita—. Una falta de libreto es una falta de libreto hoy y dentro de veinte años.
—Ya lo veré en unos años cantando rancheras conmigo, Don Cheo. Al tiempo, al tiempo... —concluye Milagros guiñándole el ojo a Valerie.
En ese momento, la campanilla de la puerta suena. La brisa de la tarde entra al local junto con Sara Elcy, Mayerly y Ashley, quienes llegan buscando indicaciones para ubicar la dirección de sus conocidos. Al entrar, Sara Elcy le guiña pícaramente el ojo a Jimmy, despertando un destello de celos en Valerie; sin embargo, Don Cheo interviene de inmediato con un gesto calmo para suavizar la tensión.
CONTINUARÁ...
—¡Jamás! —protesta Don Cheo refunfuñando, aunque acomodándose los lentes con cierta duda implícita—. Una falta de libreto es una falta de libreto hoy y dentro de veinte años.
—Ya lo veré en unos años cantando rancheras conmigo, Don Cheo. Al tiempo, al tiempo... —concluye Milagros guiñándole el ojo a Valerie.
En ese momento, la campanilla de la puerta suena. La brisa de la tarde entra al local junto con Sara Elcy, Mayerly y Ashley, quienes llegan buscando indicaciones para ubicar la dirección de sus conocidos. Al entrar, Sara Elcy le guiña pícaramente el ojo a Jimmy, despertando un destello de celos en Valerie; sin embargo, Don Cheo interviene de inmediato con un gesto calmo para suavizar la tensión.
CONTINUARÁ...
***La canción elegida es "Es Mentiroso", interpretada por Olga Tañón:











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